Canto a una vida segada en La Moneda

Aquel 13 de septiembre de 1973 Juan Antonio había dormido en mi casa. A la mañana siguiente, nada más levantarme y recoger el periódico que el repartidor dejaba cada día bajo la puerta, corrí a buscarlo. Nos sorprendimos frente a frente en aquel pasillo enorme. Le mostré la portada: “Golpe de estado en La Moneda. Los golpistas acaban con la vida de Salvador Allende”. No fuimos capaces de decirnos nada.

Al día siguiente titulé en El Adelanto: “Pinochet, señor presidente”. Nadie puso pegas a aquel titular a cuatro columnas. Tampoco los censores vigentes: ignoraban la existencia de Miguel Ángel Asturias, pese a haber recibido años atrás el Premio Nobel de Literatura; o tal vez entendieran que aquella expresión expresaba un reconocimiento laudatorio al golpista. Así se hacía periodismo en aquel tiempo.

Luego supimos que el asesinato de Allende fue, en realidad, un suicidio en defensa de la dignidad e incluso de la esperanza del pueblo chileno y, también, de otras muchas personas que habíamos depositado nuestras expectativas en aquella vía pacífica y democrática al socialismo.

Por eso, casi veinte años después, cuando tuve la oportunidad de hablar en el Parlamento chileno en el contexto de una Cumbre Iberoamericana, inicié mi intervención con los versos de una canción de Pablo Milanés:

Yo pisaré las calles nuevamente

de lo que fue Santiago ensangrentada

y en una hermosa plaza liberada

me detendré a llorar por los ausentes[1].

Quería expresar tan solo la emoción de evocar en aquel lugar “a mis hermanos que murieron antes”.

Y por eso esta mañana de diciembre de 2021, cuando el periódico ratifica la victoria de Gabriel Boric sobre el pinochetista Juan Antonio Kast, he reproducido la música del cantautor cubano y sentido una emoción íntima.

Una emoción que tiene que ver más con lo que quisimos ser que con lo que somos y, peor aún, más con lo que quisimos ser que con lo que, a estas alturas, cabe suponer que seremos. Ya no nos engañan las emociones que desprenden ciertos momentos pasajeros. Y sin embargo, a la vista está, las necesitamos.

A sabiendas de la naturaleza efímera de las expectativas grandilocuentes, me he puesto a cantar…

[1] Yo pisaré las calles nuevamente

de lo que fue Santiago ensangrentada

y en una hermosa plaza liberada

me detendré a llorar por los ausentes.

Yo vendré del desierto calcinante

y saldré de los bosques y los lagos

y evocaré en un cerro de Santiago

a mis hermanos que murieron antes.

Yo unido al que hizo mucho y poco,

al que quiere la patria liberada,

dispararé las primeras balas

más temprano que tarde sin reposo;

retornarán los libros, las canciones

que quemaron las manos asesinas;

renacerá mi pueblo de su ruina

y pagarán su culpa los traidores.

Un niño jugará en una alameda

y cantará con sus amigos nuevos

y ese canto será el canto del suelo

a una vida segada en La Moneda.

Yo pisaré las calles nuevamente

de lo que fue Santiago ensangrentada

y en una hermosa plaza liberada

me detendré a llorar por los ausentes

Artículo anteriorLa emoción de un regreso sin destino
Artículo siguienteAntídoto contra el ridículo