descargaHe aquí, una novela en la que no pasa nada: un hombre que se niega a hablar llega a la tierra murgaña y su silencio ocupa la existencia de quienes la habitan.

He aquí, una novela sin nombres, en la que el protagonista no dice nada y en la que al resto de los personajes se los reconoce por su oficio (el bodeguero, el buhonero, el ama, el guardián), su circunstancia (el viejo, los niños, el ermitaño, los gemelos) o sus alias (el Fiat, el papagallo). Todos ellos en referencia a Nemo (es decir, nadie) o, si se prefiere la radicalidad de su apelativo declinado, Nemo neminis: nadie de nadie).

Esta no es novela para spoilers (el término moderno que designa a quienes destripan el final de una trama), porque aquí carece de sentido ese aguafiestas que disfruta desvelando a los posibles lectores de una novela o espectadores de una película la intriga que éstas pretenden. De esta novela se pueden contar el principio y el final sin menoscabo del interés por su lectura. De hecho, la contraportada del libro publicado por Tusquets los relata íntegramente. Lo demás, aparte algún complemento o digresión aparente, es reflexión, lenguaje, literatura.

Sans titreGonzalo Hidalgo Bayal quería escribir una novela en la que no pasara nada, en la que solo el gusto por la lectura condujera al lector desde la primera página a la última. Y he aquí Nemo, título de la obra y apodo del protagonista, que remite a un precursor, el capitán Nemo que, a bordo del Nautilus, recorrió las 20.000 leguas de viaje submarino. Julio Verne creó un personaje que, a partir de un pasado supuestamente oscuro, aunque no desvelado, renunciaba a vivir en sociedad; de ahí su decisión submarina. El escritor extremeño retoma el origen, aún más incierto, y el destino solitario, aquí mesetario, en tierra de murgaños, para elevarlo a la extrema condición de Nemo: símbolo de nadie y de (la) nada.

La referencia al personaje de Verne es más circunstancial que su inserción en la tradición de Kafka o de Beckett, a los que con frecuencia remite Hidalgo Bayal. Y, sobre todo, a la paradoja de la negación del lenguaje como estímulo de la reflexión o de la comunicación sin las palabras que articulan el pensamiento o de la íntima relación entre la palabra y el silencio.

El ejercicio literario de Gonzalo Hidalgo Bayal lo es también de la meditación, quizás llevando al extremo la radicalidad o la coherencia de su propuesta narrativa. Desposeyendo del lenguaje al protagonista, el escribano, narrador que da fe de lo que Captura de pantalla 2016-02-08 a las 16.47.22ocurre, se percibe o se deduce, busca explicaciones de lo que acontece a través del lenguaje y pregunta sobre la vida a las palabras. Todo es complejidad y paradoja, sin que falten el humor y la belleza de una forma de escribir entre el clasicismo y la sorpresa de la creación de palabras y la búsqueda de dobles sentidos y contraposiciones.

La radicalidad de la propuesta quizás resulte de difícil aceptación, aunque uno cree en eso radica el reto de un autor peculiar y deslumbrante.

Tal vez, algunas frases permitan entender de que va el desargumento:

“El lenguaje es ruido: lo demás es silencio”.

“Vino, pues, a callar donde se habla”.

“Nada hay tan peligroso como el pensamiento cuando se desborda impulsado por la imaginación y la melancolía”.

“Su voz es el silencio. Y su silencio y su presencia son clamor. Siempre a la imaginación, concluyo, le corresponde una verdad. No otra cosa en suma es lo que el hombre ha hecho con el lenguaje: gastarlo por exceso y demasía hasta vaciarlo, abolirlo, anularlo y diluirlo”.

“Lo que hacemos muchas veces no es hablar, sino romper el silencio: ésa es nuestra infamia”.

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