
Este es un libro con múltiples rostros: una biografía personal e intelectual, un recuerdo de viajes y experiencias, el retrato de una comarca a través de su lengua, un estudio filológico que incluye un proceso de reflexión que progresa (a saltos) y, por qué no, una reflexión política y cívica. O sea, un trabajo que va de lo personal a lo colectivo, de lo anecdótico a lo erudito, y en el que se avanza con frecuencia a través de la contradicción o, en cualquier caso, de la complejidad.
La reflexión de Aníbal Martín (Yo hablo, ellas cantorin. Pie de página. Tinta Roja 2023) refuta los lugares comunes y apuesta por la consideración del lenguaje como un elemento fundamental de la vida misma, que reclama dudas y reflexiones permanentes, que desborda los límites geográficos y que exige una atención extrema a la búsqueda de conclusiones sin exclusiones; en particular sin aquellas que descalifican o reducen el valor de una realidad, el lenguaje, tan compleja como la propia vida.
El lenguaje no admite encasillamientos. Menos aún normas excluyentes, dogmas unívocos ni valoraciones mensurables: bueno o malo, mejor o peor, culto o popular, sobresaliente o ramplón, sublime o irrelevante. Por eso, tal vez, seamos como hablamos, aunque a veces hablemos para ocultar lo que somos.
El lenguaje es una construcción humana, digna de atención y respeto, que excluye sobresalientes y suspensos, y que habla de lo que hablamos y de lo que somos sin necesidad de varas de medir o de decálogos.
Y lo dice uno (el que suscribe) que ha caído en esos errores: el de la norma por encima de todo, el de la neutralidad o el del afán prescriptor más allá de la única preocupación fundamental: la de explicarnos y entendernos.
A favor del habla popular. ¿Eso es posible? ¿Por dónde empezamos? ¿A dónde vamos? Sugiero, para desbrozar el camino, la lectura de Yo hablo, ellas cantorin y, a partir de ahí, disfrutar: escuchando y hablando.



