
No habría imaginado a Javier Cercas escribiendo un libro sobre el papa y la iglesia católica, pero celebro la osadía de quienes se lo propusieron –aún no sé con qué motivo– y de quien lo escribió –del que sí sé por qué lo hizo–. El escritor de Ibrahernando, un clásico de mis predilecciones, deja muy claro lo segundo, después de arriesgarse a navegar por lo primero.
De todo ello se desprende una certeza a modo de conclusión: merece la pena adentrarse en la intriga de una novela densa y ágil, en la profundidad de un debate existencial entre la razón y la fe, en lo vaivenes de un viaje kilométrico cargado de contrastes, en la agilidad de una crónica de asuntos procelosos, en la investigación que desborda el afán periodístico, en un ensayo sobre lo humano y lo divino, en una novela ejemplar carente de ficción o en la sorpresa que desborda no solo lo sabido sino, sobre todo, lo previsible.
La lectura de El loco de Dios en el fin del mundo me ha resultado apasionante e inclasificable, porque absorbe todos los géneros convencionales, porque invita a la reflexión a través del encuentro y el enfrentamiento entre el misterio y la razón, porque obliga a unos a reconsiderar su propia fe y a otros a asumir la riqueza de determinados ejemplos y valores del ámbito religioso, porque requiere una actitud que asuma el debate como instrumento del propio reconocimiento.
Al fondo, un papa (Cercas lo escribe siempre con minúscula) que cree en lo que dice y que actúa con determinación y prudencia y, sobre todo, a través de parábolas, de gestos e incluso de contradicciones. Un papa humano y un escritor que ausculta la experiencia religiosa. Y al final de todo (o en el fondo), una emoción que remueve las certezas de la pastoral y la lógica, de la racionalidad y del dogma.
Para colmo, el libro se publica un par de semanas después de la muerte de Francisco y unos días antes de que comience el cónclave que designará al sucesor de El loco de Dios en el fin del mundo. A los cardenales tal vez les hubiera venido bien una lectura sosegada de este relato. También a los no creyentes. A cuantos se asoman a la curiosidad de las fumatas vaticanas. La religión tal vez sea una creación humana que mereciera ser divina.
Fin. Llegados al fin del libro, el relato obliga a volver al principio. Y el conflicto entre fe y razón se resuelve con una lágrima.



