Niños vendidos en el nombre del señor

«Philomena». Stephen Frears, 2013

El veterano director británico Stephen Frears se inspira para su más reciente creación en unos hechos reales, contados a su vez previamente en la novela del periodista Martin Sixsmith, El hijo perdido de Philomena Lee (2009). El propio Sixsmith aparece como coprotagonista del filme, interpretado por el actor Steve Coogan, que es al mismo tiempo coguionista y productor.

Con este entramado de conexiones previas, Frears narra la estremecedora historia de una mujer de sesenta y cinco años, que el día en que cumpliría cincuenta un hijo que tuvo en su adolescencia, y que le fue robado por las monjas del convento en que había sido recluida por su propio padre, decide emprender su búsqueda. Una búsqueda con la que llevaba soñando mucho tiempo, porque nunca ha podido olvidar aquel día terrible en que unos señores con aspecto de ricos se llevaron a su pequeño de Roscrea, el convento irlandés de las hermanas del Sagrado Corazón.

Cuando Philomena rompe un silencio de medio siglo y confía su secreto a su otra hija Jane, bastante más joven, ésta entra en contacto con Martin Sixsmith, que en su día trabajó para la BBC y acaba de ser cesado como asesor de prensa del gobierno británico. En principio, Martin desprecia la posibilidad de elaborar un reportaje «de interés humano», cuyo sensacionalismo barato le repugna, pero acuciado por la necesidad de trabajar y eludir así la depresión psicológica que lo acecha, se deja convencer por Jane, conoce a Philomena y juntos emprenden el penoso rastreo del hijo perdido, que los llevará hasta Estados Unidos para regresar después a Irlanda.

La relación entre el periodista ateo, un tanto cínico y presionado por la editora que financia la aventura con tal de conseguir un relato amarillo de alto voltaje, y la anciana vivaz pero dolorida, creyente a pesar de todas las heridas que le han infligido los representantes de su religión y encantadoramente provinciana frente al cosmopolitismo de su compañero, va a constituir el hilo narrativo de la película, lleno de giros y descubrimientos que ella irá aceptando con sorprendente calma frente a la irritación creciente de él, hasta un final perfectamente coherente con la definición de los personajes.

Pero detrás de esa peripecia, propia del cine de investigación, late el auténtico núcleo de Philomena: la frialdad con la que las monjitas del Sagrado Corazón roban los niños ilegítimos a sus madres adolescentes, encerradas en una especia de prisión como la que había descrito el también actor Peter Mullan –inolvidable en su interpretación de Mi nombre es Joe (1998), de Ken Loach, entre otras muchas– en Las hermanas de la Magdalena (2002), para venderlos luego a familias pudientes por mil libras la pieza. Y la impasibilidad con que engañaron durante tantos años a Philomena, usando tretas abominables para ocultarle los datos más elementales, aunque viesen cómo se desangraba de dolor silencioso y paciente.

Porque lo hacían todo como agentes justicieros de la divinidad, frente al horrendo pecado de la carne que la joven había cometido en su impulsiva ingenuidad. Además, consiguieron persuadirla de que debía pagar por ello durante toda su vida, y ella lo aceptó de forma sumisa, más aún al tener que admitir para sus adentros que la práctica del sexo había sido placentera, hasta que otro sentimiento de culpa aún más fuerte –el de haberse desentendido del destino de su querido hijo– la impulsó a romper ese círculo infernal, con la ayuda de Martin, que no sale de su asombro al comprobar la malignidad [sic] de unos seres aparentemente dedicados a hacer el bien en este valle de lágrimas.

Para que resulte creíble y cercano este relato de enorme crudeza, Stephen Frears recurre a su dominio del oficio, utiliza saltos temporales que dan frescura al conjunto, emplea materiales visuales de distintas texturas –espléndido el detalle de que las imágenes con las que Philomena ‘imagina’ a su hijito perdido sean en realidad las películas domésticas que le hacían sus padres adoptivos– y cuenta sobre todo con la soberbia actuación de Judi Dench, capaz de expresar sus emociones con sutileza exquisita y reaccionar a veces con dureza o y otras de forma humorística, realzada su interpretación, además, por la escasa ductilidad de un Steve Coogan a quien perjudica notablemente el doblaje en la versión española de la cinta. 

La crítica reaccionaria o simplemente acomodaticia, incapaz de asimilar el duro golpe que la película asesta a instituciones de la religión católica –y que en España conocemos bien por las tropelías de, entre otros, aquella sor María Gómez Valbuena cuya imagen parece involuntariamente reflejada en el personaje de la hermana Hildegarde–, ha intentado descalificar el filme de Frears acusándolo de sentimentalismo o pretendiendo que ensalza la solidez de las creencias de Philomena. Como si los sentimientos en el cine no fueran válidos cuando en vez de obstruir la razón ayudan a afilarla, que es lo que ocurre aquí. O como si la fe de la protagonista no fuera producto –y así lo ha explicado minuciosamente el filme– de esa atroz maniobra consistente en vincular la estabilidad emocional de una persona a los más oscuros sentimientos de culpa y al consiguiente miedo a la muerte, ofreciéndole después el consuelo de la religión como única salida. En este sentido, cualquier otra actitud de Philomena al final habría sido demagógica y manipuladora, mientras que la de Martin hacia ella no es sino una muestra del respeto que ha sabido infundirle aun con todas sus incongruencias.

Pese a quien pese, se trata de un película que merece la pena ver, que hace justicia a lo mejor de la dilatada y ecléctica trayectoria de Stephen Frears y que dejará huella en quienes, a partir del rostro y las expresiones de Judi Dench, sientan la necesidad de rebelarse ante tanta inhumanidad disfrazada de buenas intenciones.

 

 

FICHA TÉCNICA

Título original: «Philomena». Dirección: Stephen Frears. Guion: Steve Coogan y Jeff Pope, sobre el libro de Martin Sixsmith, «The Lost Child of Philomena Lee». Fotografía: Robbie Ryan, en color. Montaje: Valerio Bonelli. Música: Alexandre Desplat. Intérpretes: Judi Dench (Philomena), Steve Coogan (Martin Sixsmith), Sophie Kennedy (Philomena adolescente), Mare Winningham (Mary), Barbara Jefford (hermana Hildegarde), Peter Hermann (Pete Olsson), Sean Mahon (Michael), Anna Maxwell (Jane). Producción: The Weinstein Company, Yucaipa Films, Pathé, BBC Films (Reino Unido, Estados Unidos, Francia, 2013). Duración: 98 minutos.

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