En aquellos años de mocedad los diarios guardaban secretos. Se iniciaban en la adolescencia, se escondían y muchas veces concluían a medida que crecía la vergüenza del autor por la simpleza y fugacidad de sus pasiones o la inestabilidad de algunos juicios que el tiempo desvelaba efímeros. Había otros, más maduros, que sobrepasaron el ciclo de la edad, aunque se mantuvieran acallados, o escondidos, al albur del destino o la espera a que la muerte acabara desvelándolos. Algún amigo, de esos que se califican como íntimos, dejó los suyos escritos en un buen número de libritos que nadie se ha atrevido a abrir. ¿Fueron escritos para ser leídos?

El género diarístico abierto al público tiene una historia larga que, en los últimos años, ha evolucionado al amparo de las tecnologías. El diario ya no lo es porque se alimente del día a día, sino porque se hace público con esa periodicidad, siempre accesible. Sobre esos no cabe aquella duda: se escriben para ser leídos y el propio autor se encarga de difundirlos (y en ocasiones, de promocionarlos).

El espacio público en que ahora vivimos, multiplicado a partir de la red, ha avivado el género y lo ha modificado. Cada diarista sigue la lógica que él mismo fija, sometida a dos elementos: lo que vive, en el más amplio sentido, y lo que quiere contar. A partir de ahí, el valor no lo establece el género, sino el estilo.

El diario se hace a mano. Carece de secreto, pero no de misterio. ¿Dónde empieza y termina la verdad, la desnudez? ¿Se pueden interpretar los guiños y, aún mejor, los silencios?

Una de mis primeras ocupaciones cotidianas se dirige, bien de mañana, a http://mayora.blogspot.com/, el blog del poeta y maestro –pase lo que pase–, Álvaro Valverde. Me cuesta empezar el día de otra manera. No solo por la afinidad o simpatía hacia el autor, sino porque sus paseos, que son también sus reflexiones, invitan a mirar el paisaje, a buscar preguntas, a encontrar sentimientos. También por mi propia rigidez en lo relativo a la organización de las tareas cotidianas.

Aquel diario digital, en permanente estado de construcción, ha dado paso a Porque olvido. Desde un punto de vista formal, simplemente un libro, editado por la Editora Regional de Extremadura, que recoge parte de lo publicado en el el blog durante quince años, desde 2005 hasta 2019, ambos incluidos.

No aparece todo lo recogido en el formato original, porque, según interpreto, el autor ha querido llevar a la imprenta lo esencial, su territorio más personal, tal vez, también, el más poético. Tanto más cuanto más ajeno parece a la poesía. Queda fuera el abundante trabajo crítico de Álvaro Valverde y sus tomas de posición en torno a determinadas cuestiones políticas o literarias. Tal vez por ello, este Porque olvido resulte aún más esencial, el espacio del paisaje y los afectos más sencillos, de los que brota todo lo demás.

El lector siente regresar a un territorio conocido. Puede parecer lo mismo; tal vez, no lo sea. Todo es sencillo y claro, como el paisaje y los lugares que recorre. Pero lo que aquí se reconoce, más allá de lo concreto, es la actitud. En esa manera de estar y de mirar radica el valor de cuanto se sugiere. O sea, como la propia obra de Álvaro Valverde.

Porque olvido reivindica la memoria para entender e interpretar la vida. Pero reconoce algo aún más elemental a medida que la edad avanza, un pequeño valor imprescindible: dejar constancia de lo vivido y lo sentido contra la fugacidad de este tiempo tan proclive a la amnesia y al desprecio de lo íntimo. Así de sencillo resulta también el diario. Por eso, tal vez la fundamental tal vez sea el tono, la verdad del poeta y de Álvaro Valverde en particular. Desde la soledad del paseo al encuentro del lugar que sugiere y el tiempo que concreta.

Estas reflexiones no pretenden ser una crítica ni siquiera una reseña; aspiran, desde un punto de vista estrictamente personal, a establecer la necesidad de un asidero al que acudir cuando reconocemos lo mucho que vamos olvidando. No como la lista de la compra, pero casi. En otro ámbito.

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