El estado de complejidad e incertidumbre no excusa las responsabilidades del Gobierno. Al contrario. Un reto tan descomunal agranda y agrava su tarea. En estas circunstancias está obligado, por una parte, a dar respuestas sin manual de instrucciones, pero con efectos no siempre previsibles y, en cualquier caso, extraordinarios. Y por otra, debe orientar a la ciudadanía e incluso al resto de los actores políticos para que asuman solidariamente la falta de certezas sobre los aspectos fundamentales de la Covid-19: el ataque inmisericorde a la salud e incluso a la vida de miles de personas y, en consecuencia, la debacle social que genera con sus incalculables repercusiones económicas.

La perplejidad requiere como contrapartida una actitud proclive a la cooperación y a la complicidad con los representantes políticos y sociales y con los ciudadanos. Con una premisa básica: reconocer el estado de complejidad e incertidumbre y asumir el riesgo y la prudencia, y compartir con claridad y transparencia las decisiones y las dudas simultáneas, con el riesgo de errar y la voluntad, en caso necesario, de rectificar. Lo explica desde su experiencia profesional el doctor Luis Manzano en El silencio sepulcral del enemigo invisible.

¿Se trata en realidad de algo muy diferente a lo que cabría reclamar en cualquier otra circunstancia? ¿O de que, como estas actitudes están fuera de los usos cotidianos, se nos antojan ahora quiméricas e incluso inadecuadas?

La ciencia está acostumbrada a moverse en esos derroteros. Lo refleja con claridad Miguel Hernán, catedrático de Epidemiología en la Universidad de Harvard, ahora llamado como asesor del Gobierno español.  La claridad del pensamiento no radica en su contundencia sino en la finezza para acercarse a los problemas a la búsqueda de soluciones.

En estas circunstancias urge un máster de educación urgente que ayude a aprender de la ciencia y de su método para adentrarse en lo más recóndito de la realidad. Ahí no caben apriorismos ni recelos; en todo caso, diferentes enfoques o procedimientos para llegar al conocimiento y, en el caso de las ciencias de la salud, a sanar a los enfermos y a los que podrían serlo.

Si casi nunca tienen sentido los recelos o las disputas partidistas, en las actuales circunstancias tampoco lo tienen algunas reivindicaciones que, siendo legítimas, resultan extemporáneas. Lo explica con nitidez Daniel Innerarity al desarrollar El drama de decidir. Con la que está cayendo…

¿Por qué entonces este lodazal en el que nos movemos? ¿Qué se busca en el fango de las redes sociales o en el barro de la política? Esta porquería, es verdad, no ha surgido de repente. Viene de antiguo, pero en esta situación repugna hasta la desesperación. ¿Existen estrategas que la fomenten e incluso la diseñen? ¿Qué papel cumplen los voceros, con frecuencia electos, de tamaños despropósitos? ¿Cómo la vomitan sin asco los máximos dirigentes de los partidos, sus portavoces parlamentarios o los aplaudidores de consignas e insultos? ¿Y por qué una parte importante de la sociedad –formada por personas, ¿o no?–  jalea las proclamas, tanto más radicales cuanto más imbéciles?

Las responsabilidades se dirimen en otros ámbitos y con otros tonos, so pena de exculpar a unos por la irresponsabilidad de muchos. En este ambiente el duelo no es dolor; tan solo dolo.

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