RTVE: no va más

Cuando el Parlamento designó a los miembros del Consejo de Administración de RTVE para el sexenio actual, en este Lagar no dudamos en criticar los criterios de selección e incluso los nombramientos. Conocíamos a buena parte de los elegidos y acumulábamos razones para desconfiar de su idoneidad para el desempeño de la tarea que se les encomendaba.

Sin embargo, cuando se dio a conocer el nombre del nuevo presidente de la Corporación RTVE fuimos mucho más cautos. No conocíamos su faceta de gestor y solo podíamos emitir un juicio sobre la base de sus propias declaraciones, de su comparecencia ante la comisión parlamentaria, de su condición de profesor interesado en la radiotelevisión publica. La prudencia aconsejaba mantenernos atentos a la pantalla y aplazar el juicio.

Descartado el prejuicio, los meses y los avatares transcurridos permiten ahora valorar de manera más fundamentada el desempeño de la presidencia de RTVE. Se ha constado que la elección de sus cargos de confianza no se ha basado en la idoneidad de los designados para un proyecto determinado sino en las tradicionales cuotas entre los candidatos avalados por los principales partidos. El PP aprovechó la sugerencia para ocupar áreas estratégicas y el PSOE la aceptó para beneficiar a algunos de sus fieles. El reciente nombramiento de dos vicepresidencias mediante un concurso público que premió a dos directos allegados provenientes del entramado empresarial del propio presidente ha elevado las alarmas. Las informaciones acerca de la confusa compatibilidad entre su anterior actividad académicas y el desarrollo simultáneo de variadas y lucrativas iniciativas puramente económicas en el ámbito de la comunicación han provocado nuevas alertas.

No se trata de asuntos anecdóticos sino medulares. El gestor de la, tal vez, empresa estatal socialmente más relevante del país debe asumir y garantizar un nivel extraordinario de exigencia respecto a la separación de la actividad pública y la privada. Algo ha rechinado de manera significativa, como sus anteriores relaciones con la propia RTVE en las que se confundían, en forma de convenios, intereses docentes, institucionales y privados; o como el desorbitado número de convenios auspiciados por la presidencia con instituciones diversas, pero dudosamente beneficiosos para la radiotelevisión publica.

Sin embargo, aun siendo todo ello muy significativo, el juicio sobre su desempeño de la presidencia debe centrarse en los criterios implementados en la programación y la administración de la corporación RTVE. Y a ese respecto no caben paños calientes. La gestión en estos meses ha sido un fiasco.

 

A modo de contexto

A partir de 2010, tras un trienio estimulante sobre la base establecida por la ley de RTVE de 2016, la radiotelevisión pública inició una caída en picado, después de que el mismo gobierno socialista que había impulsado la ley, el de José Luis Rodríguez Zapatero, decidiera suprimir la publicidad en la televisión sin compensación presupuestaria alguna; al contrario, con recortes sucesivos que han llevado a la Corporación a asumir unas deudas que la legislación vigente prohíbe. Esta deuda ha crecido significativamente en los últimos meses-

El problema no devino estrictamente de la retirada de la publicidad, que podría haber resultado beneficiosa para la propia radiotelevisión pública si se hubiera acompañado de un compromiso de sobrefinanciación a cargo de los presupuestos del Estado. El problema radicaba en lo que aquellas decisiones ponían de manifiesto: una televisión pública con independencia editorial carecía de interés para los partidos en el gobierno. Y así fue. A partir aquel momento el Gobierno se afanó en conseguir apoyos en los grupos privados, beneficiarios directos de la infrafinanciación del público. La menor financiación de RTVE (sin ingresos publicitarios) generó una sobrefinanciación de la privada (que sumó a su cartera los recursos suprimidos del sector público) hasta el momento actual, en el que los canales privados absorben masivamente recursos y audiencias.

El desinterés de los responsables políticos por la radiotelevisión pública se transformó en indolencia. Más allá del circo que suponen las comparecencias en el Congreso o el uso de RTVE en la controversia política, la desidia preside las relaciones entre los representantes políticos y la administración de RTVE . Una dejación que se ha ido incrementando con la complicidad, y la incapacidad de los gestores designados sucesivamente. Leopoldo González Echenique, José Antonio Sánchez, Rosa María Mateo… Unos fueron incapaces de estimular una resistencia interna contra el pesimismo. Otros han ejercido como auténticos verdugos de un proyecto público, empecinados en hundirlo a toda costa.

En ese contexto se dispara la importancia creciente de las redes sociales, los nuevos hábitos de consumo de la televisión, la proliferación de plataformas audiovisuales… El Parlamento propuso una nueva vía garante de la independencia y supuestamente revilatizadora: la elección del presidente por concurso público. Un paripé que solo pretendía la exculpación. Un cebo para alcanzar una fórmula que acallara cualquier reivindicación razonable.

Tras un proceso exhaustivo, bloqueado una y otra vez, el Parlamento alumbró un ratón.

 

En ese punto estamos

Tras múltiples vicisitudes, anomalías y disparates, José Manuel Pérez Tornero fue elegido nuevo presidente de la corporación RTVE. El fiasco se consumó. Dentro de la radiotelevisión pública son muchos los que afirman, a los pocos meses de la toma de posesión del actual presidente, que ni José Antonio Sánchez alcanzó un nivel de despropósitos equiparable a los del catedrático reconstituido en gestor máximo de una empresa pública en la que trabajan  directamente cerca de 6.500 trabajadores y que cuenta con un presupuesto cercano a los 800 millones de euros anuales, aunque inferior a los gastos reales, siempre pendiente de un Convenio Marco que nunca llega por la desidia dominante.

El problema es de rumbo: de criterios y de gestión. A la televisión pública no la legitima el rating o, si se prefiere, las audiencias delatoras del número de sus seguidores, sino la calidad de sus contenidos, la capacidad de generar estímulos en favor de una vida colectiva y personal más satisfactoria; más concretamente, de una información de calidad y un entretenimiento comprometido con los valores cívicos, el respeto a las personas, el aprecio de la cultura…

RTVE ha ido deteriorando su sentido y, al cabo de los años, está cada vez más cerca de perder su razón de ser. Un análisis minucioso de la evolución de los últimos diez años lo ratifica. Algunos hechos concretos aún recientes son más rotundos aún que cualquier análisis.

La salida en los últimos meses de buen número trabajadores de la RTVE lo pone de manifiesto. La mayoría lo ha hecho acogiéndose a los beneficios que les ofrecía un nuevo ERE, pero también a la falta de estímulos para permanecer en una empresa en la que ya no confían. Tal vez el caso más significativo sea el de algún profesional que, tras haber rechazado múltiples ofertas para incorporarse al sector privado y de haberse convertido en un referente de la resistencia en pro de una televisión pública decente y estimulante, ha asumido la inviabilidad de su recalcitrante empeño y ha optado por aceptar lo que tantas veces había rechazado. Pura decepción

Hay otros símbolos, tal vez más graves y contundentes. La dirección de RTVE ha asumido criterios absolutamente impropios de un medio público. Hace ya varias semanas hubo espectadores que advirtieron que el comportamiento de una persona que concursaba en el programa de mayor audiencia de TVE denotaba una grave enfermedad mental. Los responsables del programa y de la corporación prefirieron pensar en el espectáculo que aquel hecho y aquella persona aportaba, como lo vienen haciendo El gran hermano, Sálvame y tantos otros. Después de que se haya conocido su suicidio no se ha producido ningún comentario, ninguna explicación, ninguna dimisión. Lo explicaba Elvira Lindo en “El dolor a la vista de cualquiera”.

¿Tiene sentido seguir defendiendo el valor social de la televisión pública? ¿Ha llegado el momento de aceptar que contra los hechos no caben argumentos. LOs hechos en RTVE son tozudos.

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