Tarde para ir al médico

Íñigo Errejón puso de manifiesto, desde su escaño en el Congreso, los efectos de la pandemia sobre la salud mental de muchos ciudadanos y los escasos recursos de la sanidad pública al respecto. Lo hizo con datos de escalofrío: diez muertos diarios por suicidio.

Fue una intervención clara, contundente sin estridencias, ajena a las habituales las escaramuzas dialécticas, que forzaba al Parlamento a abordar un asunto relevante porque afecta a la vida de los ciudadanos y porque su mera exposición expresaba el sentido más profundo de la acción política.

Para corroborarlo, desde los bancos de la derecha surgieron numerosas voces de desaprobación. Y un grito:

– ¡Vete al médico!

La otra parte del hemiciclo respondió con un aplauso unánime a Errejón. El presidente del Gobierno reconoció a continuación que aquella intervención había puesto de manifiesto la dignidad de la política. Lo compartimos muchos de quienes seguíamos la sesión de control.

Horas más tarde, el diputado gritón pidió disculpas a través de las redes sociales. Ya era inútil. Cuantos fueron testigos del exabrupto sabían que aquel “¡Vete al médico!” no era fruto de un calentón imprevisible sino la expresión inequívoca de un pensamiento bien alimentado en sus tripas y en su cerebro.

Si hubiera pronunciado la frase a modo de recomendación, en vez de hacerlo con un grito, se le podría haber dado la razón. Ir al médico puede ser aconsejable. La pandemia nos ha afectado a muchos. Todos debemos estar dispuestos a pasar por los servicios de salud mental.

Todos… menos el que gritó. Para él ya es demasiado tarde. Su raciocinio está desahuciado.

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