28 de junio

Este diario se interrumpió como consecuencia de la fatalidad. Costaba volver a los asuntos cotidianas con la carga de la ausencia. Los paseos matinales por la dehesa se convirtieron en una ruta recurrente sobre la depresión y la indignación. Aquélla, por lo callado; ésta, por los gritos. Este domingo encuentro en mitad del parque un patinete, una moto de alto calibre, restos del botellón, al lado de una enorme papelera vacía… 

Hace un par de días pensé que la vida había retrocedido.

5 de junio

Juanma padecía del virus de la felicidad. La contagiaba. No se podía estar a su lado sin reír. Por eso ahora resulta tan difícil vivir sin lágrimas. Aspiraremos a ser como los personajes de aquella novela que tanto me gustó del azorano Joâo de Melo: Gente feliz con lágrimas.

Acabo de escribir a su madre, Trini, y a Krystle. ¡Qué dolor!

 

30 de mayo

Solo puedo escribir Juanma. Y lloro.

 

28 de mayo

Los únicos que han salido ganando con la crisis del coronavirus han sido los perros. Pueden salir de casa a cualquier hora, no como el personal, incluidos menores y vulnerables. No obstante, la especie canina lleva en sus ventajas la penitencia: el uso y abuso que ejercen sobre ellos los propietarios. Lo compruebo a cada rato; en mi horario senil o en los movimientos del vecindario. No es oro todo lo que reluce y los canes, a fin de cuentas, están abocados a una vida perra.

 

22 de mayo

Llegaba al final del paseo. Tan cansado  que se me ocurrió tumbarme a descansar. La señal me hizo desistir.

20 de mayo

Confinado por culpa de un bicho microscópico y mortal, he buscado refugio en el paseo. Cada mañana camino, con ritmo más o menos cochinero, a la búsqueda de explicaciones que no tengo o de argumentos que me ayuden a entender y a explicar lo que acontece. Constato, día tras día, el fracaso en esos objetivos y, por contrapartida, empiezo a disfrutar del puro paseo. Sin más. La dehesa está en flor. Me saludan con su roce arbustos, pinos y encinas; algún sauce. Me sobrevuelan palomas, urracas, mirlos, zorzales y vencejos. A veces, a ras de  tierra, se cruza algún ratón, alguna lagartija, algún conejo, algún erizo y dicen que es posible que aparezca un jabalí. He visto a paseantes que se detienen coger tomillo, cantueso, salvia. Todo es es posible y mucho más, pero apenas distingo. Me absorben la riqueza natural y el silencio. Prefiero los senderos a los caminos, lo estrecho y lo pisado a lo ancho y atropellado. Y regreso cada día más tranquilo y más contento, dos estados que duran hasta después de la ducha. Ahí comienza la jornada, que es la espera de que algo cambie. 

 
 

30 de abril

 

Corría el año 1998. En aquellos momentos trabajaba en Antena3 Televisión como subdirector de informativos. La cadena volvía a vivir tiempos de zozobra. Telefónica había dado un golpe de mano, auspiciado por la presidencia del Gobierno, para hacerse con el control del medio. José María Aznar había encomendado a su compañero de pupitre Juan Villalonga que se hiciera con el control del grupo y apartara a Antonio Asensio, como represalia tras el pacto suscrito con Jesús de Polanco para gestionar conjuntamente (Antena3 y Canal+) los derechos del fútbol. Como consecuencia de todo aquello fui apartado de mi cargo y recluido (eso pensaron ellos) a la dirección del Canal Internacional, donde disfruté hasta que se consumó mi despido total.

 

Acepté entonces un trabajo que antes había rechazado para no crear más problemas –temí que mi presencia acarreara más dificultades que beneficios– a la nueva e incipiente línea editorial de Informativos Telecinco. Un año después, cuando el proyecto de Informativos Telecinco ya se había afirmado, llegó el finiquito de Antena3 y Luis Fernández me reiteró su confianza. Durante varios años fui subdirector de informativos.

 

Una mañana, un par de meses después de mi incorporación a la nueva cadena, me encontré con Miguel Ángel Rodríguez, máximo responsable de la política informativa del Gobierno. Nos conocíamos desde que él trabajara para Aznar –a la sazón candidato a la Junta de Castilla y León, para la que sería elegido– desde El Norte de Castilla, lo que le abrió las puertas para ser jefe de prensa de La Junta de Castilla y León –allí elaboró una lista muy comentada de periodistas afines y otra de periodistas abyectos– y, luego, del Gobierno de España, donde siguió su carrera.

 

Aquella mañana caminábamos por un pasillo estrecho el uno frente al otro. No había escapatoria. Él se sorprendió más.

 

– No sabía que estuvieras aquí.

 

– Gracias a eso estoy aquí.

 

Una conversación, como se ve, escueta.

 

25 de abril

 

Llegados a este punto en el que somos conscientes de que no sabemos casi nada y que aún podemos prever menos, la tranquilidad se impone: Será lo que dios quiera. O sea, como toda la vida de dios.

 

23 de abril

 

Hace algunos años una amiga me reprochó que utilizara el significante “parámetros” con cierta frecuencia. Ella no entendía o, al menos, no frecuentaba el significado. Hasta que un día le conté lo que acababa de leer en los servicios de un restaurante de un pequeño pueblo de Teruel. Allí, frente al urinario de caballeros, colgaba un cartel que decía: “Se ruega orinar dentro de los parámetros del inodoro”. Al salir, lo traduje al instante: “Por favor, no mear fuera”, para que me entendieran.

 

22 de abril

 

Hace unos días una amiga, profesora de plástica, me enviaba los primeros esbozos de un proyecto que me pareció muy interesante. Apenas eran unas notas básicas en torno a las que iniciar la tarea y unos dibujos que me resultaron tan interesantes como sugerentes. A partir de ellos redacté unas notas que quiero dejar aquí para no olvidar que debería desarrollarlas mucho más. Esto fue:

 

“La realidad es algo que existe, que está ahí, con su propia lógica; pero otra cosa es su apariencia, lo que resulta accesible, muchas veces su sombra (principios, muy platónicos e incluso románticos, pero también metafísicos). La sombra que la realidad proyecta es, con frecuencia, o más accesible o más potente que aquélla. El conocimiento, la reflexión, nos sitúan en ese territorio entre la verdad y la sombra.

 

Desde el punto de vista más personal (o profesional), la realidad no es la información que ofrecemos –cada uno, los medios de comunicación, etc.– acerca de ella, sino su sombra. Con mucha frecuencia es a partir de eso como tratamos de conocer y transformar la realidad. Las voces y los ecos machadianos. ¿La comunicación puede evitar esa distorsión o es necesario que quien recibe los mensajes dude acerca de lo que se le cuenta? Y en la sociedad actual ¿qué es más importante: la realidad o su relato? Muchas veces y para muchos depende del atractivo formal de lo uno y lo otro.

 

La reflexión podría ampliarse a las redes sociales sin ninguna dificultad y, en definitiva, a cualquier intento de aprehender la realidad, de descodificarla o simplificarla. Y muy en particular sobre lo que está ocurriendo como consecuencia de la desventurada Covid19.

 

14 de abril

 

Cuando cojo una guitarra desafinada y rasgueo las cuerdas para evitar la tensión, ¿estoy haciendo cultura? Cuando rescato del fondo de un cajón la armónica que me regalaron en un cumpleaños que ya no acierto a recordar y soplo buscando acordes armónicos, ¿estoy haciendo cultura? Si fuera así, podría afanarme más en pos de mi realización personal y social.

 

Pero si no… ¿Todos los que en estos días reclaman ayudas económicas pueden considerarse agentes culturales o simplemente gente culta? ¿Por escribir en líneas cortas, siguiendo las pautas de la lectura fácil, soy poeta?

 

Díganme, por favor, qué es la cultura. Y la poesía y la música y la literatura… Para irnos entendiendo.

 

11 de abril

 

La lectura del libro de Paco Cerdá, El peón, ha removido en mi memoria la admiración que profesaba mi padre, otro peón, a Arturo Pomar. También los sentimientos contradictorios que le provocó Bobby Fischer, cuando los hijos y la decepción ya le habían apartado de cualquier afición y hasta de cualquier engaño.

 

10 de abril

 

La militarización de la información oficial sobre la evolución de la pandemia del Covid-19 resulta inexplicable. Cuando la información se particulariza a ámbitos muy reducidos, cuando el mundo se ve a través de ojos militares, el análisis de la realidad se distorsiona.

 

Resultará difícil olvidar un comentario que, en un ámbito restringido, escuché a José Antonio Alonso, entonces ministro de Interior –antes, un juez ejemplar y siempre un tipo decente. Hablábamos de lo que una persona con una trayectoria profesional tan distinta había “encontrado” en el ministerio.

 

Alguien preguntó: “¿Y la guardia civil?”.

 

Sonrió. Susurró: “¡Eso es un estado dentro del Estado!”.

 

28 de marzo

 

Algunas veces me veo obligado a recordar cómo mi madre, llegados a un punto de la charla, la concluía de esta manera: “¡Tienes el espíritu de la contradicción!”.

 

La expresión ha quedado, no obstante, en mi memoria. Desde hace demasiado tiempo nadie me la repite tal cual, pero sí me reprochan una cierta predisposición a observar las cosas desde un punto de vista diferente del que se propone.  

 

Leyendo a Bernardo Atxaga, su Casas y tumbas, he asumido que debo tener los ojos como los caballos, a uno y otro lado de la cabeza, y que por eso, con la nariz por delante, miro a un lado y a otro del camino. Esa posibilidad me ha tranquilizado un rato. Luego he pensado que, en contrapartida, esa manera de observar la realidad tal vez limite la mirada al frente. Tal vez por eso a los caballos de carrera, a los de los picadores o a los que cumplían algunos trabajos en el campo les ponían anteojeras.

 

Curioso. Quienes propugnan o ejercitan esa mirada rectilínea quizás avancen más deprisa, eviten la parálisis del miedo y cumplan mejor el objetivo propuesto. Mientras, los caballos puede que busquemos las referencias del entorno, de la complejidad y las contradicciones; o tal vez sea que nos gusta polemizar.

 

– Quizás.

 

– No creo.

 

¡Jesús, tienes el espíritu de la contradicción!  

 

23 de marzo

 

No puedo cambiar de tema. Tampoco concentrarme en otra cosa. Apenas inicio una actividad diferente me asalta un dato nuevo, una declaración, un wasap, una comparecencia, un exabrupto –todos ellos referidos al estado de alarma y al coronavirus– y regreso a mis cavilaciones monotemáticas.

 

Para relajarme hoy decidí cocinar algo inédito. Pareció funcionar. Cinco minutos. Otra vez el ajetreo, la conexión con la televisión, el móvil, los datos más recientes… De vuelta a la cocina el humo invadía toda la casa. El aceite de una sartén llevaba largo rato hirviendo.

 

Hubiera sido injusto morir por inhalación de anhídrido carbónico. Lo habría sido por coronavirus. Que, sin atacar a los pulmones, afecta a las meninges. Aunque en desigual manera. Lo noto.

 

15 de marzo

 

Lo parece, pero no estamos viviendo una novela de ciencia ficción. La distopía es real. El coronavirus nos pone ante un espejo de doble cara: por un lado, cóncavo; por el otro, convexo. Como los del Callejón del Gato que alumbraron a Valle Inclán para crear un género: el esperpento. Tal vez este sea un buen tiempo para entender y entendernos.

 

Desde el precipicio de estos días tal vez podamos resolver el enigma que planteaba Max Estrella: “¿A quién enterramos, Latino?”. Esta fue entonces, ¿como ahora?, la respuesta: “Es un secreto que debemos ignorar”.

 

Sin embargo, el contexto era otro. Don Latino se lo había gritado a Máx Estrella: “¡Estás completamente curda!”. Estamos. ¿O estábamos?

 

14 de marzo

 

No tengo nada que hacer y no hago nada. Espero a través de internet, de la radio o de la tele la última noticia sobre el coronavirus. Las informaciones empiezan a ser redundantes y abruman. Paralizan. No tengo nada que hacer y no hago nada.

 

11 de marzo

 

Ayer mismo recogí mi tarjeta para el transporte público en Madrid. Hoy me recomiendan que no la utilice. Ayer era muy barata. Hoy es cara.

 

Estaba decidido a dejar el coche. Hoy me comprometo a usarlo… en caso de necesidad.

 

¿Mañana? 

 

7 de marzo

 

Diego me pidió el periódico que llevaba bajo el brazo y corrió a enseñárselo al amigo con el que jugaba. También rondaría los seis o siete años. Cuando volví a mirarlo, las páginas volaban por el aire y se desplegaban sobre el suelo. Los chiquillos observaban absortos.

 

– ¡No están pegadas!

 

Diego reía a carcajadas.

 

– ¡Qué raro es el periódico!

 

No tenía ni idea. De haberla tenido, me habría enojado. No soporto que se destruya la alineación de las hojas del periódico. Pero en aquella ocasión me aplacó la sorpresa de los muchachos: desconocían lo que es el periódico impreso: les pareció un objeto fuera de su tiempo.

 

El País recordaba ese día su tránsito hacia el pago de los contenidos de la edición digital.

 

10 de febrero

 

Hay días en que miro alrededor, más allá de las cuatro paredes de mi casa; observo lo que pasa alrededor y la depresión me arrastra a compartir los versos de Ángel González:

 

“Queda quizá el recurso de andar solo, / de vaciar el alma de ternura / y llenarla de hastío e indiferencia / en este tiempo hostil, propicio al ocio”

 

31 de enero

 

 

En las afueras de Hervás encontré esta postal. Mientras trataba de distinguir si animal vivo o peluche, se me ocurrió pensar: al menos, que esté cómodo. Podría ser el requisito principal de la hospitalidad, la actitud elemental ante quien llega. Convendría, tal vez, haber arreglado la hacienda, pero la urgencia o la economía quizás lo impidieron. La comodidad es, en cualquier caso, el primer ofrecimiento al que acogemos, la primera expresión de respeto.

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