El racismo que las instituciones amparan

En el reformatorio Dozier, ubicado en el Estado norteamericano de Florida, se encontraron más de 50 cadáveres de niños que fueron acogidos en el centro. Basta ese dato para imaginar la barbarie que imperó durante más de cien años en aquel lugar supuestamente creado para la reintegración de chiquillos y adolescentes salidos de sectores marginales. Esa cifra, ese hecho, contundentes, tal vez no sean, sin embargo, lo más revelador de la realidad de aquella institución.

Colson Whitehead, premio Pulitzer 2017 por El ferrocarril subterráneo, decidió recrear unos personajes que hicieran sentir la experiencia estremecedora que vivieron centenares de muchachos en el reformatorio Dozier. Se documentó de manera admirable y, a partir de lo constatado, puso nombres a unos chavales que retratan la sordidez de una institución creada por un Estado con intenciones abyectas.

Ellos son Los chicos de la Nickel (Literatura Random House), los que han llevado a Colson Whitehead a repetir, dos años después, el Pulitzer, algo que solo han alcanzado William Faulkner, John Updike y Booth Tarkington.

Esta novela expone el racismo explícito de una sociedad surgida (¡qué paradoja!) de la inmigración. Como el propio Whitehead exponía en una entrevista ofrecida a El País que “Estamos fundados sobre el genocidio de los nativos americanos y la esclavización de los africanos y sus descendientes”. Y añadía que “a nadie le importan los pobres, y menos los pobres de color. Desafortunadamente, es propio de la naturaleza humana: los poderosos abusarán y oprimirán a los que tienen menos poder, y la gente mirará a otro lado”. Pero esa generalización no le impedía reconocer que el racismo forma parte del “patrimonio” de la sociedad estadounidense.

De Los chicos de la Nickel estremecen los detalles. Y sobre todo, cómo hechos nimios y, en ocasiones, azarosos desatan la crueldad de personas amparadas por instituciones y el propio Estado. Sin embargo, lo más sorprendente del relato es el mimo con el que Whitehead construye a sus protagonistas, la sutileza con la que genera un relato emocionante y la sencillez con la que aborda cuestiones tan profundas como la manera para superar la lacra del racismo. Elwood y Turner representan dos alternativas. “Todos tenemos”, explicaba el autor, “un poco esa dialéctica de lucha entre la esperanza y el realismo, y ninguna de las dos filosofías acaba ganando del todo. Para mí, fue bueno dar voz a las dos partes de mi personalidad y ver cómo discuten la una con la otra”.

El lector también podrá participar en esa reflexión.

 

 

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