Lecciones de un maestro

“Carezco de un repertorio de conocimientos sólidos sobre algo concreto, no domino un arte o una técnica, y aunque a veces puede parecer que sé mucho o que al menos hablo como experto, en el fondo todo son vaguedades, palabrería, filfa y apariencia, con algunos relumbrones que crean la ilusión de un vasto saber apenas entrevisto”.

“Si en algo soy bueno de verdad es en crear apariencias y hacer ilusionismo con las palabras. Mientras hablo, parece que sé mucho, pero en cuanto me callo, roto el espejismo, solo quedan mondas, pellejos, desperdicios”.

“Todo lo que ahora sé, el grueso de mis experiencias, se lo debo al poso que ha ido dejando en mi memoria, en mi espíritu y en mi carácter todo ese cúmulo de pálidas lecturas, de idilios intelectuales casi desvanecidos”.

“Y es que vamos por la vida demasiado aprisa, sin fijar la mirada en las cosas, sin pararnos a descubrirlas y a pensarlas. Y, lo que es peor, damos las cosas por sabidas. Vivimos de segunda mano. Nos acomodamos a la costumbre, que es el peor y el más declarado enemigo del conocimiento. Por eso, contra la modorra de la costumbre, la vigilia del asombro. Bienvenidos pues a Ítaca”.

“Apuntad estas tres palabras en vuestros cuadernos: lentitud, soledad, concentración”.

“Como en todos los viajes que he hecho, si dulces son de por sí los viajes, más dulces y hermosos son aún los imaginados y los recordados”.

Son palabras de un niño ansioso de deslumbramientos. Son frases de un escritor mayúsculo. Son lecciones de un maestro. De Luis Landero, en El huerto de Emerson.

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