Diario 2021

22 de septiembre

El diputado insultó a la diputada (la llamó “bruja”) y se armó un buen cisco en el Parlamento. El diputado fue desautorizado por la presidencia, que llegó a expulsarlo del hemiciclo y, ante la resistencia del deslenguado, a suspender la sesión por diez minutos. Reanudada la actividad parlamentaria, el descalificado, juez en excedencia y catedrático de Filosofía del Derecho, hizo un guiño lingüístico para seguir en el Pleno y el debate se trasladó a los medios de comunicación, una vez comprobado que el Parlamento no tenía remedio.

En esas andaba, cavilando, cuando recordé que, hace unos días, una niña de apenas tres años se enfadó mucho conmigo. No me gusta que me digas eso, dijo. Le había llamado “brujilla”.

¿El diminutivo me exonera? ¿Tranquiliza que la intención fuera distinta? ¿Aminora el cariño la gravedad del insulto? ¿Cabe el perdón si se cita a la bruja hermosa de José Agustín Goytisolo que cantara Paco Ibáñez?

Me parece que no era a ella a la que se refería el diputado.

19 de septiembre

Hoy se cumplen 75 años de esta fotografía. Sin ella no estaríamos aquí. ¿Cómo contarles lo que ellos no saben? Me lo pregunto casi a diario.

6 de septiembre

“Fantasdomia es un simbionte” –sombras vivientes, explicó mi informador, de nombre Diego–. Tomé nota.

4 de septiembre

A veces publico en este Lagar comentarios con los que no estoy muy de acuerdo.

Lo he hecho en ocasiones para mantener el hábito de la escritura en aquellos periodos en los que se seca el pensamiento o, como ya expliqué en alguna ocasión, por hacer dedos, que es algo que me pedía el profesor de piano en aquellos años casi prehistóricos: encadenar escalas, recorrer de manera más o menos armónica las teclas para estimular la agilidad de las manos tras un periodo de inactividad o cuando otros deberes obligaban a reducir el tiempo dedicado al instrumento.

Últimamente he encontrado otro motivo que da mayor sentido al ejercicio de escribir por hacer dedos. Redactar esos comentarios que empiezo a esbozar y que no alcanzan una meta plenamente coherente o razonada abre otras posibilidades: comprender la complejidad de los hechos a los que pretendo enfrentarme, atisbar senderos que no había previsto, advertir contradicciones que merece la pena conservar, ser la propia oposición de uno mismo.

Esto último me agrada e incluso da sentido al deseo que justifica la escritura: pensar. Sí, por eso escribo. Y por eso lo publico. Porque no estar de acuerdo con uno mismo tal vez sea la mejor manera de empezar entender a otros.

Ahora bien, sin exagerar.

31 de agosto

Dos meses después de la anterior larga ausencia regreso con un aniversario. Hace 38 años falleció mi padre. Le echo de menos. Y tengo la impresión de que, cada día, más. Voy a tratar de explicarlo. De explicármelo. Ya lo he intentado en ocasiones anteriores. Iré recuperando alguno de aquellos borradores. 

A mi padre la jubilación le hurtó la coartada del trabajo para acallar sus errores. Su honestidad le impidió esquivarlos cuando descubrió su propio fracaso. Las contradicciones entre lo que buscó y lo que encontró le hicieron desear la muerte. Tardó tres o cuatro días en encontrarla. La última vez que hablé con él soñaba en un campo de batalla. En aquella agonía ganaba la guerra al tiempo que perdía la vida. Su vida misma.

 

 

30 de junio

Esta larga ausencia –cosas de la pandemia, del cansancio mental que genera, del aislamiento al que obliga– afecta a las meninges. La depresión transita a nuestro lado y hay momentos para reírse de la muerte.

En estos días he anotado algunos epitafios que podría recomendar a algún escéptico con ganas de cachondeo. Por ejemplo:

Lo siento, amigo: hasta pronto.

Este lugar que hoy visitas, será mañana tu hogar.

A no tardar, vecinos para siempre.

 

4 de mayo

Pronto cumpliré 34 años de residencia en Madrid. Esta es la comunidad en la que más tiempo he vivido. Sin embargo, no me siento madrileño; menos aún, cuando ser madrileño parece identificarte con los bares que sirven gallinejas o las proclamas que ofrecen libertad a la madrileña. Hoy, día de elecciones regionales, he vuelto a sentir algo que se viene repitiendo en fechas similares: ¿qué hago yo aquí con este papelito en las manos?

Temo que alguien me recrimine: ¡Somos de Madrid! Desde hace bastante tiempo este “somos”, tan identitario y tan vasto (e incluso basto), me parece sencillamente repugnante. El somos que conjugo se limita a ámbitos muy reducidos. Acaso la familia, algún amigo, una broma… 

Llegados a este punto suelo acudir al territorio de José Emilio Pacheco. Lo tituló Alta traición y decía: “No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / –y tres o cuatro ríos.

En mi caso, ni eso. Y esta noche, sospecho, mucho menos.

2 de mayo

El silencio explica a veces el estado de ánimo. En estos días la vacunación contra el virus alivia un poco; sobre todo, a la vista de la alegría que ese hecho produce en quienes me rodean. Animan, es verdad.

Sin embargo, en plena campaña electoral en la Comunidad de Madrid, la decepción se impone. Se extiende una sensación de fracaso generacional. No habíamos pensado en que podríamos caminar tan inequívoca y aceleradamente, y durante tanto tiempo, para atrás. La duda acecha: ¿Es posible, en esas circunstancias, advertir la profundidad del precipicio que nos aguarda?

6 de abril

Le llamaremos Gael.

31 de marzo

Ahora resulta que pertenezco a la generación sándwich. No sabía que mi adicción a ese bocata de importación, que en su formato más común incluye, aparte de pan falso, jamón de york y queso en lonchas, definiera a los nacidos en torno a los 45 ó 50 del siglo pasado. Los múltiples y variados ingredientes que caracterizan a los modernos entrepanes impiden identificaciones tan solventes como la que me invitan a asumir.

La razón de mi pertenencia a la generación sándwich es otra bien distinta, como explica el artículo periodístico que propone mi adscripción a esa progenie. A quienes no alcanzamos los 80 para ser vacunados por riguroso orden de antigüedad con los fármacos de Pfizer o La Moderna, pero tampoco estamos por debajo de los 65 para recibir las dosis de AstraZéneca hemos sido catalogados de esa guisa.

Y así, a quienes andamos entre esas franjas de edad con ansias de un pinchazo tranquilizador nos han colgado el sambenito de generación sándwich. No es justo; tampoco razonable. Más allá de algún degenerado con ínfulas de moderno, como yo mismo, mi generación ha sido fundamentalmente de bocadillo. Yo llegué a comer uno… de garbanzos. Los mismos que no quise ingerir en el almuerzo.

Entonces las vacunas eran otra cosa. Se sobrevivía, sobre todo, por voluntad propia.

25 de marzo

La mascarilla nos protege. Eso dicen y más vale no ponerlo en duda. Sin embargo, a veces podemos pensar que nos proteger de agentes o cuestiones ajenas al virus. Es verdad que la mascarilla esconde parte de nuestro rostro y que, gracias a ella, algunas personas nos identifican peor; podemos hacernos el longuis o, al menos, evitar algunas explicaciones. También es cierto que dificulta nuestra respiración, que nos agobia y que eso sirve de excusa para una tendencia cada vez más común al mal humor.

Esta mañana, buscando a una persona en un lugar donde nunca había estado, me introduje en un laberinto de pasadizos y pasillos ferroviarios, oscuros, sucios y abandonados, de los que no lograba salir. Protegido por la mascarilla bramé contra la desidia y el galimatías de naves y escondrijos.

Apenas me había cruzado con tres o cuatro personas, pero mis gritos debieron retumbar estentóreamente en el vacío. Debí dar por supuesto que solo los escuchaban mis adentros, que permanecían inadvertidos al otro lado de la mascarilla. SiN embargo, alguien giró la cabeza a la búsqueda de exaltado y vociferante ciudadano escondido tras su bozal.

Solo pude arrepentirme con efectos retroactivos. Y ponerme otra mascarilla para ocultar la parte del rostro al descubierto.

17 de marzo

D. está contento por haber recuperado el hábito de dictar a su madre los cuentos que va cociendo en su cabeza. Cuando acudo a la cita de los miércoles –la primera después de que cumpliera siete años– me lo comenta satisfecho y me ofrece la libreta con el último episodio de la saga del campesino y sus hermanos Ana y Lucas, y de sus hijos Sara y Diego. Trato de entender las zozobras y percances que le acontecen a los personajes y de descifrar los misterios que encierra la máquina del tiempo, que para ir al pasado es una especie de fotomatón en el que se detienen la acción y el pensamiento, pero que para dirigirse al futuro avanza a velocidades aeroespaciales. No todo es fácil de entender y, por ello, busco respuestas desde una lógica más senil que cartesiana. Llevo cerca de una hora haciéndole preguntas y el narrador empieza a dudar de mis entendederas.

– Voy a tener que hacer un spoiler para que lo comprendas.

Me quedo a cuadros. Avanzó hasta el capítulo tres para que su abuelo comprendiera lo que se había iniciado en el dos. Pero ya no importaba si lo entendía o no. Solo quedaba el eco: spoiler, spoiler, spoiler…

14 de marzo

Apenas asoma su luz, desaparecen. Cada vez las veo con mayor frecuencia y rapidez. Parecen deslumbrar, pero tan solo son un fulgor que huye veloz de mi memoria. Cada vez las veo con mayor frecuencia. Luces fugaces. Surgen repentinas, huyen aceleradas, se olvidan.

4 de marzo

Uno de cada tres ciudadanos españoles ha admitido haber llorado por la pandemia. Lo asegura una encuesta de salud mental del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). No sé cómo ando de salud mental, pero me reconozco en el tercio llorón y reincidente. En los últimos días, me afectan sobremanera los ancianos, los reencuentros con sus familiares, las ausencias a que se han visto obligados. Y no sé si mi solidaridad lacrimógena tiene que ver con la fragilidad que percibo en los mayores o con que soy yo el mayor.

3 de marzo

Mi madre solía zanjar algunas discusiones conmigo con una frase: “Eres el espíritu de la contradicción”. A veces he recurrido a esa definición para entenderme. En parte, porque se suele aceptar que nadie conoce mejor que una madre al hijo que ella parió, aunque parezca más exacto decir que nadie lo conoce antes.

Esta mañana escuché que a alguien le preguntaban si era ordenada o desordenada. ¿Y yo? Ordenado y precipitado. De ahí el conflicto entre la lógica y el exabrupto. La primera reclama orden, la segunda expresa su fracaso. O sea, las dos hablan de lo que decía mi madre.

28 de febrero

Alguna vez he explicado que escribo por dos motivos: el primero, por hacer dedos: el segundo, por dudar de lo que oigo o veo.

Hacer dedos me lo enseñaron cuando, siendo niño, quería aprender a tocar el piano; era la manera de conseguir agilidad y ritmo para surcar el teclado, un ejercicio sin exigencias melódicas, solo atento a la ductilidad que necesitan las manos para trasladar la emoción que alienta el cerebro. Luego, hacer dedos se convirtió en una rutina imprescindible para, llegado el momento, narrar algo digno de ser leído, asunto mayor, como el de componer una sonata o escribir una novela.

Lo de dudar es diferente. Cada día, leo, escucho, reflexiono. Algunos días creo tener alguna opinión propia. Al trasladarla al texto compruebo que, cuanto más compleja es la cuestión, más evidentes se hacen las dudas que provoca la escritura. Dudar se convierte así en un ejercicio saludable.

Debo reconocer que hay un tercer motivo. Los dos primeros me recuerdan que no se debe molestar a los viejos conocidos con lo que apenas alcanza el nivel de unos ejercicios de entrenamiento. Yo también he tenido algún vecino que repetía con su guitarra, con una insistencia insoportable, acordes en sol menor o en re mayor o que hacía escalas infinitas en el piano, y también he sufrido la impertinencia de quienes te pasan unas líneas como si se tratara de una de las Críticas kantianas. Por eso siento pudor cuando reenvío a través las redes lo que solo escribía para dejar constancia en mi blog de tener algo pendiente o, tan solo, de no estar muerto.

Cuando alguien responde a mi osadía con un cariño que me sobrepasa, enrojezco. Y lo agradezco. Sentir la generosidad de personas a las que quiero… ese es el tercer motivo. Aunque, más que buscarlo, lo encuentro. Gracias.

26 de febrero

Febrero cayendo está. Otro día con noticias Reales. El mal olor se convierte en rutina. Ya no tenemos que taparnos la nariz apretando el pulgar y el índice sobre los orificios nasales, como hacíamos antes. Ahora con la mascarilla vamos a cualquier parte sin percibir el hedor. También influye la costumbre.

21 de febrero

Luis Landero asegura que los mejores viajes son los imaginados. Recuerdo alguno de los que he hecho y se me antojan estupendos. Sin embargo, ratifico la aseveración del escritor, porque esas excursiones tan formidables son fruto también de la recreación que construye ineludiblemente la memoria. Algo de eso ocurre asímismo con los amores. Para bien o para mal.

15 de febrero

Desde hace ya varios años cada mañana tomo una pastilla para aplacar la hipertensión. Hoy, al abrir una caja nueva, he leído algo en lo que no había reparado: CON RECETA MÉDICA POR VÍA ORAL. Me asaltó una duda: y si no tengo receta médica, ¿cómo lo hago? ¿Por vía intramuscular, aérea, venérea? La inquietud acelera mis pulsaciones. Envío un tuit de auxilio. La respuesta es inmediata: “Por el culo”. Ya sabía yo que la redes provocan más tensión que soluciones. Pienso… Si el raudo tuitero me hubiera aconsejado escuetamente la vía rectal, ¿debería haberle dado las gracias?

13 de febrero

Leo El huerto de Emerson, de Luis Landero: “Cuando uno empieza a tachar es que la cosa marcha, hay un rumbo, hay un criterio, y no digamos si luego te atascas y no sabes qué hacer, no se te ocurre nada, sufres, te obsesionas, estás a punto ya de abandonar, pero tu tozudez te anima a persistir y a seguir empujando la piedra monte arriba”.

Recuerdo a Camilo José Cela. Quizás ya lo haya contado alguna vez. Apenas superaba la veintena (no son lo mismo los 20 años que los años veinte) cuando el director del periódico en el que había empezado a trabajar poco tiempo antes me encomendó entrevistar al que luego sería Premio Nobel. Acudí con un encargo concreto: que Cela hablara de los tacos, porque acababa de publicar algo relacionado con ellos que he olvidado. No pronunció ni uno hasta que apagué el magnetofón. A partir de ahí, se desató; sobre todo, cuando le sugerí que saliera al claustro del espléndido edificio universitario donde se alojaba para hacerle una fotografía.

– Sí, hombre, sí. En bata y en calzoncillos.

– No se van a ver, don Camilo.

Todos los tacos atascados en su intestino salieron de su boca con estrépito. Aún así, salió y se hizo la foto. De vuelta al habitáculo traté de plantearle algo más personal.

– ¿Cómo se consigue, don Camilo, la naturalidad en la escritura?

Respondió con un trueno:

– “Tachando, hijo; tachando”.

No lo olvidé. Para empezar, aquella regla fundamental para una escritura fluida ahuyentó un complejo de inferioridad que me atenazaba cada vez que veía a alguno de los colegas produciendo folios en cadena mientras yo ejercía de una especie de Sísifo escribano. Superado el trauma, me convertí en un profesional de la tachadura, aunque sin pasar de eso. Desde entonces, al menos, tachar ya no me estresa.

A partir de ahora me va a reconfortar no solo porque sea costumbre en Luis Landero –en cualquier caso, más cercano y menos estruendoso que Cela en calzoncillos– sino, sobre todo, porque, si tachas, la cosa marcha.

10 de febrero

D. me cuenta cómo hace un par de días un coche chocó contra el que conducía su padre –en el que él mismo viajaba–, cómo sintió que iban a volcar y cómo en aquellas circunstancias tuvo tiempo de enamorarse de la niña que viajaba en el vehículo descontrolado, mientras, incomprensiblemente, los conductores rellenaban papelitos y papelitos, con el susto aún en carne viva. Luego, me relató mil peripecias y, cuando trataba de explicarle que en caso de incendio en el monte la primera tarea consiste en perimetrar la zona del  fuego para evitar su expansión, me corrigió con una exclamación inapelable:

– ¡No! Lo primero es salvar vidas.

Más tarde, no se sabe cómo, llegamos a debatir sobre qué sería más peligroso: si un tornado actuando a su libre albedrío o dirigido por un jefe. Se detuvo un momento:

– Depende.

¿De qué?

– De si el jefe es bueno o malo.

No hay más preguntas, señoría.

2 de febrero

Este Lagar ha cambiado de aspecto. Fernan se ha erigido en locomotora y en esos casos solo rige un verbo que el conjuga como irregular: yo me empeño, tú te despeñas, él… ya veremos. Sin embargo, no lo he dudado. Esta vida que llevamos desde hace un año se antoja tan cansina, tan repetitiva, tan deprimente que a la locura solo se la puede combatir –vencer está aún muy lejos– con arrebatos. Sin épica ni misticismo. Solo lúdicos. Unas veces lúcidos y otras, lucidos. ¿A dónde el camino irá? La tarde cayendo está.

31 de enero

Ando un poco atascado y otro poco nostálgico. Y de pronto se me ocurre que hace un año, por lo menos, que no veo a… Y me parece que la lista va a ser muy, muy larga. ¡Qué tiempos!

29 de enero

¿Cuándo empieza la vejez? Me lo pregunto agobiado por el coronavirus, por un año de incomunicación, por un cierto sentimiento de apatía. Intento una respuesta:

Quizás cuando empiezas a sentirte amortizado o, tal vez, cuando empiezas a saberte prescindible. Estás ahí. No eres necesario. Mejor, no molestes. Avanzando por ese camino, acabarás por concluir… que sobras. Y la vejez habrá quedado atrás.

28 de enero

El correo electrónico me advierte de que está al borde de la saturación o del colapso. Urge encontrar una solución, porque ahí se guardan algunos asideros de la memoria propia: datos, comentarios, impresiones que permiten poner en pie olvidos cada vez más abundantes. Cuando los recuerdos empiezan a perderse o se emborronan, las notas del pasado se transforman en cartas de navegación imprescindibles para poder surcar las olas de otro tiempo. En plena faena recordatoria, mientras trataba de poner orden para facilitar la búsqueda en previsión de tiempos aún peores, he dado con algunos vídeos. Me he atrancado en Esperanza Labrador. Cuarenta años después de haberla conocido me sigue emocionando:  su valor, su risa, su dignidad y, sobre todo, su esperanza.

23 de enero

La última medida contra la pandemia de la Covid19 consiste en que las reuniones podrán acoger a un máximo de cuatro personas. Me retrotraigo a mi infancia: solo los hermanos y mis padres ya éramos 13. ¿Tendríamos que repartirnos en cuatro lugares distintos e incomunicados? No le veo solución. ¿Qué habría ocurrido si el virus este hubiera aparecido hace 50 años? El problema no está en el pasado, sino en mañana mismo.

18 de enero

El servidor donde está alojada esta web avisa de que mi correo electrónico se encuentra completamente saturado, que debo borrar archivos, documentos, adjuntos, lo que sea, para poder seguir funcionando. Lo hice en otras ocasiones, pero ahora no consigo pasar a lugar seguro esas huellas del pasado; o sea, trasladarlas a otro lugar en el que encapsular la memoria; un disco duro, o algo así. He empezado por borrar lo redundante, lo inútil, desde lo más antiguo que aún permanece almacenado en ese archivo original de uso diario. Me tengo que retrotraer a los inicios del 2016. Me pongo a ello. Al poco, encuentro la primera carta en la que Javi anunciaba su despedida. Luego vienen otra y otra y otra… He renunciado a seguir en el empeño de borrar lo inútil, porque eso me obliga a tropezar cada dos por tres en lo más importante y doloroso, en la pena de lo que no quiero revivir, de un adiós que, sin ser el primero, ni siquiera el último, cuatro años después acongoja. Hemos perdido tantas cosas por las que merecía la pena vivir… El correo, como la memoria, presta menos atención a aquellas otras por las que merece la pena sonreír. ¿Consuela?

14 de enero

Somos tan conscientes de la irrefutable verdad de la muerte, nuestra finitud, que con frecuencia decidimos acelerarla con los propios actos. A fin de cuentas, frente a la infinitud del universo, solo se trata, en palabras de Machado, de un poco más, algo menos. ¿Cuestión de medida?

Llegamos a la vida sin quererlo, hijos de la casualidad, y nos vamos, muchas veces, sin haberla merecido, que debiera ser lo mismo que haberla disfrutado.

13 de enero

Agarradito a las barandillas, a la pared, a los coches e incluso al brazo de alguna señora que se ofreció desinteresadamente… De esta guisa he ido esta mañana al polo norte a comprar pan… Lo más sorprendente: he vuelto. ¡Entero!

A este fenómeno lo llaman Filomena, porque se trata de algo filomenal.

12 de enero

En el fin de año, recluido, voluntariamente incomunicado, tuve un momento llorón. Lo compartí con un amigo. Quise pensar que se trataba de una situación pasajera. Los primeros días del año nuevo lo desmienten radicalmente. Por eso recupero aquellas notas del 31 de diciembre.

“Hoy tengo la sensación de que este ha sido un año de pérdidas. En otras ocasiones, este día también nos traía el eco de alguna ausencia, pero acompañada siempre de la esperanza de un tiempo nuevo que nos haría superar las pequeñas o graves desgracias. Nos deseábamos un tiempo mejor y eso nos animaba. Esta vez el eco es un estruendo que esconde el grito de la esperanza que necesitamos. Por eso, tal vez, vivo estos días con cierta sensación de derrota, de desconfianza y, a ratos, de despedida… Tras habernos robado el mes de abril y los siguientes, nos han hurtado los holas y los adioses, y, sobre todo, los hasta luego… Por eso anima tanto saber que hay palabras y presencias que invitan a recuperar lo perdido y a creer que volveremos a juntarnos y a reírnos, porque las ganas de abrazarnos no se han ido. Y eso en estos tiempos nos permite disfrutar de que vivimos. Tenemos pendientes todos los besos que no dimos. Fin del llanto”.

Nos quedan más de 350 días para rectificar. ¿Será posible?

10 de enero

No todos los weberos son webones. Ni viceversa.

9 de enero

Bajo los efectos de Filomena. No se nos va a olvidar el nombre ni la etimología.

A mi, solo un hombre, la nevada me trae recuerdos de cinco años atrás: el último viaje a Granara, el principio de un fin a plazo fijo, la emoción y la belleza del preludio de una despedida.

7 de enero

De un tiempo a esta parte, cada año por estas fechas aterriza en casa un nuevo aparato de cocina. Aparte del problema que supone decidir el lugar donde ubicarlo, por falta material de espacio, el regalo me obliga a abandonar cualquier otra tarea para aplicarme al libro de instrucciones y a encontrar las recetas que habré de ejecutar en los días siguientes. Por gratitud, fundamentalmente. Luego, hay veces en que le encuentro el gusto al artefacto y ya no se lo tiraría a la cabeza del donante. Esta es otra razón para aplicarme: la de aplacarme.

6 de enero

Día de Reyes. No faltan regalos, aunque tenga que descubrirlos con el vaho que provocan el frío y las mascarillas. Aún así reímos por el carácter pedagógico de algunos presentes. Pasado el jolgorio, al anochecer, advertimos que los adeptos de Trump han tomado por la fuerza el Capitolio, arguyendo que los electores han robado la presidencia al aspirante a sátrapa. Parece una contradicción, pero los asaltantes la ignoran. Aunque en estos asuntos no caben muchas bromas, si ellos tuvieran Reyes, ¿pasarían estas cosas? Tal vez, no; o sí. A fin de cuentas, la monarquía ya es, en sí misma, una anomalía democrática. ¿Nos habrán sentado mal la fiesta o las mascarillas?

5 de enero

Desconocía el remake de Eduardo Mendoza titulado Las barbas del profeta. Lo he encontrado por casualidad, pero lo he devorado sin pausa. He revivido la infancia, y más, y he reído. Algún día hablaré de La Historia Sagrada con D. A él le interesan estas cosas, pero no sé si, tan pequeño, va a disfrutar de la ironía. Así que he decidido regalárselo a su padre. Doblemente útil.

4 de enero

Las contradicciones son el espacio natural del ser humano. El mío, especialmente. Ratifico lo que escribe mi más que colega Juan Alberto Entizne sobre Medios de comunicación: ¿de qué hablamos? y, aún así, sigo pensando que aún cabe un ejercicio decente del periodismo. Lo compruebo cada día, aunque, para ello, haya tenido que apartar la mirada de numerosos medios y todas las redes. Se puede practicar el periodismo de manera decente siempre que no se pierda de vista el riesgo extremo  que hemos asumido. Otra contradicción, mucho más grave que las que solo son de incumbencia.

3 de enero

“Que otros se jacten de las páginas que he escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. Lo decía Borges y lo comparto. Pero siento que a mí me asiste más la razón que al bonaerense. Porque yo no soy Borges.

2 de enero

Hubo unos años en los que este día era el de mi santo. Nunca se celebró. En casa no había fechas para tantos festejos familiares. Pese a ello y al tiempo transcurrido, todos los 2 de enero recibía una llamada telefónica que insistía en felicitarme. Hace ya tres años que no la recibo. Hoy he recibido otra, la de la persona que ha decidido ejercer de albacea de mi único felicitador. Con él discutía una y otra vez sobre la celebración e incluso sobre el cambio del santoral que había dejado al dulce nombre de Jesús en una fiesta movible. A ella, sin embargo, le he agradecido la llamada. Traía otro mensaje.

1 de enero

Las calles vacías y limpias. Parece otro día. Solo encuentro una cola: a la puerta de la churrrería. Formamos en fila india. Los que salen acarrean bolsas de familia numerosa. ¿Las hay todavía? En el exterior, algunos fuman sin recato ni descanso. El ritmo se hace lento y tenso. Quedan 365 días por delante, pero no es esa la cuenta atrás que ahora importa. Nos miramos pensando en otras cosas. Y hay un punto de reproche en las miradas.

Me despido de 2020 con dos lecturas: La sobriedad del galápago”, un cuento entrelazado de Sara Mesa con ilustraciones de Mimi González que publicó la Diputación de Badajoz en 2008, y una recopilación de artículos periodísticos (si por tal se entiende los que se han publicado en un periódico, en este caso El Mundo) de Fernando Aramburu, titulado Utilidad de las desgracias (Tusquets 2020). El primero me llama la atención por su estructura y la combinación de lo cotidiano y lo sorprendente, tras lo que intuyo la sombra de Borges. El segundo, por el ingenio que cabe en una colaboración a fecha fija: el del autor. Me han entretenido ambos y, sobre todo, en algunos pasajes del de Aramburu, he disfrutado. Sara Mesa estaba entonces lejos de Un amor, su Gordo de 2020.

El Diario 2020 puede verse aquí.

 

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